De la obra al legado: el deber de compartir lo que sabemos

Helena Ruiz Fernández
Presidenta del Colegio Oficial de la Arquitectura Técnica de Sevilla
RAÍCES HISTÓRICAS DE UNA PROFESIÓN IMPRESCINDIBLE
La Arquitectura Técnica es una profesión cuyo origen se entrelaza con la propia historia de la construcción en España. Sus raíces se hunden en la figura del Maestro Mayor de Fábrica, quien, desde la Edad Media, asumía la máxima responsabilidad sobre el levantamiento de edificios, infraestructuras y espacios públicos. A su alrededor, durante siglos, trabajaron medidores, sobrestantes y oficiales que, con el tiempo, darían lugar a la figura del aparejador, artífice silencioso de la materialidad de nuestras ciudades.
A mediados del siglo XIX, con el crecimiento urbano y el avance técnico, la necesidad de profesionalizar ese saber se hizo evidente. A partir de 1855, con la consolidación de las Escuelas de Maestros de Obras y Aparejadores, se establecen las bases de una formación rigurosa que desembocaría en el Reglamento de 1895, dotando por primera vez de estabilidad académica y reconocimiento a una labor imprescindible.
El gran salto llega en 1972, cuando el Decreto 265/1971 redefine la profesión bajo la denominación de Arquitecto Técnico, otorgándole funciones específicas en la ejecución, control y gestión de obra. Una década más tarde, el Real Decreto 555/1985 reconoce por primera vez atribuciones proyectuales propias, consolidando un perfil técnico maduro, autónomo y plenamente integrado en el proceso edificatorio.
Con la llegada de los planes de Bolonia en 2005, la titulación pasa al rango de Grado, incorporándose de pleno al Espacio Europeo de Educación Superior. Este hito culmina un proceso histórico que afirma, sin ambigüedades, la dimensión científica y tecnológica de la Arquitectura Técnica.
UNA MISIÓN QUE TRASCIENDE LA CONSTRUCCIÓN
Hoy, aquella evolución normativa nos recuerda que la misión de nuestra profesión no se limita a la creación de edificios, sino a la creación de entornos seguros, sostenibles y funcionales, capaces de perdurar en el tiempo y en la memoria colectiva. Como arquitectos técnicos, somos los encargados de velar por la seguridad y la calidad de cada estructura; de garantizar que cada obra cumpla las normativas más exigentes; y, sobre todo, de custodiar la sostenibilidad y el bienestar de quienes vivirán, trabajarán o crecerán en esos espacios. Esa es nuestra verdadera vocación: construir no solo edificios, sino confianza social, futuro habitable y patrimonio perdurable.
En este sentido, cobran especial vigencia las palabras de Le Corbusier, que definió la Arquitectura como “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”1 . Ese ‘juego sabio’ no sería posible sin el rigor técnico, la seguridad estructural y la solvencia profesional que aporta la Arquitectura Técnica a cada proyecto.
Esa misión –técnica, ética y pública– exige igualmente que la figura del arquitecto técnico sea reconocida y respetada por todos los actores del sector. Es crucial que administraciones, proyectistas, promotores, empresas y ciudadanía comprendan que nuestras competencias –tanto técnicas como legales– son indispensables para garantizar que la edificación en España mantenga los estándares de calidad, seguridad y rigor que la sociedad demanda. Como afirma la Declaración Institucional del Ministerio de Fomento en el marco de la Ley de Ordenación de la Edificación, “la figura del arquitecto técnico es esencial para que lo proyectado se convierta en realidad con rigor, seguridad y eficacia”.
UN LABORATORIO SIN CUADERNO DE NOTAS: EL RETO DEL CONOCIMIENTO
A pesar de estas responsabilidades, la profesión arrastra un rasgo cultural que debemos afrontar con honestidad: la falta histórica de una cultura consolidada de generación y transmisión del conocimiento. Nuestro saber –tan valioso como exigente– ha sido durante décadas un saber que se aprende en la obra, en la resolución de imprevistos, en el diálogo constante con la realidad cambiante del tajo.
El periodista Fernando Ónega lo expresó con admirable precisión al definir al aparejador como un “querido desconocido” 2, cuya labor esencial permanecía injustamente en la sombra. Esa invisibilidad ha contribuido a que muchos de nuestros avances técnicos –auténticas innovaciones surgidas de la experiencia– no hayan trascendido la obra concreta en que nacieron. Ónega describía también la riqueza que define a este profesional: “el instinto del artista, el cálculo matemático, el espíritu del científico y el ansia de utilidad del servidor público”3. Un equilibrio que, lejos de ser incompatible, coincide plenamente con la visión de arquitectos como Félix Candela, quien afirmó que “la técnica no es el enemigo de la belleza, sino su más fiel aliada”4. No hay belleza posible en arquitectura sin rigor técnico; no hay rigor que no aspire a la excelencia. Y sin embargo –como el propio Ónega lamentaba– “nadie valora al artista que tiene tan cerca”. La eficacia silenciosa del arquitecto técnico, esa capacidad de resolver lo complejo sin que se note, ha sido históricamente su mayor virtud… y a la vez uno de los motivos de su falta de visibilidad.
Durante demasiado tiempo, la Arquitectura Técnica ha sido un laboratorio sin cuaderno de notas: un espacio donde se innova, pero no siempre se registra; donde se aprende, pero raras veces se difunde; donde se resuelven problemas con admirable solvencia, pero sin convertir esas soluciones en patrimonio común.
Esta situación está comenzando a cambiar. La digitalización, la industrialización, las nuevas normativas y la creciente exigencia de sostenibilidad nos sitúan ante un desafío y una oportunidad: transformar nuestro inmenso conocimiento práctico en conocimiento estructurado, accesible y útil para el conjunto del sector. En este contexto, resulta fundamental el papel del repositorio RIARTE5, impulsado por el Consejo General de la Arquitectura Técnica de España. RIARTE es el primer instrumento concebido para recoger, conservar y difundir la producción científico-técnica de nuestro colectivo. Su crecimiento constante demuestra que la profesión ha comprendido que todo conocimiento que no se comparte es un conocimiento perdido. Asimismo, España cuenta con instituciones ejemplares que muestran el camino que la profesión debe seguir. El Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja (IETcc- CSIC)6 constituye un referente internacional en investigación aplicada a la edificación. No es casual, por tanto, que el propio Eduardo Torroja afirmara: “La arquitectura no puede entenderse sin la estructura que la sostiene”7. Esa estructura –literal y metafóricamente– es el dominio natural del arquitecto técnico.
LIDERAR EL FUTURO: DEL SABER A LA REFERENCIA Y DE LA REFERENCIA AL LEGADO
Desde el Colegio Oficial de la Arquitectura Técnica de Sevilla asumimos con convicción este reto histórico. La sociedad necesita que transformemos nuestro saber en conocimiento, nuestra experiencia en referencia, nuestras soluciones en avances compartidos. Necesita que continuemos garantizando la seguridad, la calidad y la sostenibilidad del entorno construido. Necesita que sigamos siendo –como siempre hemos sido– la garantía de que lo proyectado se materializa con rigor, con responsabilidad y con vocación de servicio.
Mirando al futuro, cobran fuerza las palabras de Buckminster Fuller, que creía en la arquitectura técnica que busca la máxima eficiencia y funcionalidad con el mínimo uso de materiales y energía. Fue un pionero de la sostenibilidad y recordó que “estamos llamados a ser los arquitectos del futuro, no sus víctimas”8. Esa es la tarea de nuestra generación de arquitectos técnicos: no limitarnos a responder al presente, sino a construir el porvenir.
Porque si algo define al arquitecto técnico es su capacidad para resolver, para construir con inteligencia, para convertir lo complejo en posible. Esta capacidad, que durante décadas ha sido nuestro sello distintivo, debe proyectarse hoy más allá del ámbito inmediato de la obra. Debe convertirse en visión, en conocimiento ordenado, en criterio compartido. No basta con resolver bien: es el momento de enseñar cómo se resuelve, de dejar testimonio de ese saber, de convertir la experiencia en herencia profesional. Los arquitectos técnicos hemos sido siempre la garantía de que la construcción avance, pero ahora debemos ser también los guardianes del conocimiento que permite que la construcción avance mejor. Cada planificación ajustada, cada optimización de recursos, cada mejora en seguridad, cada innovación derivada de la práctica contiene una sabiduría que, cuando se transmite, fortalece al sector y protege a la sociedad.
Nuestro compromiso con la calidad, la seguridad y la sostenibilidad no es solo un mandato técnico. Es una responsabilidad pública: en nuestras manos –en nuestras decisiones, en nuestro criterio y en nuestro rigor– descansa la seguridad de miles de personas que habitarán, trabajarán y vivirán en los espacios que ayudamos a construir. Esa responsabilidad no puede ejercerse en soledad ni desde la experiencia aislada: exige una comunidad profesional fuerte, cohesionada y consciente del valor de su propio conocimiento.
Hoy, más que nunca, se hace necesario reivindicar nuestra voz, consolidar nuestro lugar en el proceso edificatorio y hacer entender a todos los agentes que la edificación, sin arquitectos técnicos, sería un proceso incompleto, vulnerable e ineficiente. Somos, y debemos seguir siendo, el enlace imprescindible entre la idea y la realidad, entre el proyecto y la ejecución, entre la voluntad de construir y la obligación de hacerlo con seguridad, rigor y eficacia. Recuerden la frase popular que dice que “el arquitecto sueña la ciudad y el aparejador la levanta”, un dicho común y extendido en el ámbito de la construcción y la Arquitectura en España, considerado parte del acervo popular, que refleja la tradicional división de roles en el proceso constructivo.
Por ello, debemos asumir con determinación el reto de convertir nuestra experiencia en referencia, y nuestra referencia en legado. Un legado que se materialice en conocimiento compartido, en publicaciones, en repositorios como RIARTE, en la colaboración con instituciones de excelencia como el IETcc, en el fortalecimiento del vínculo con las escuelas y universidades y en la formación continua que nos permita anticiparnos a los desafíos del sector. Si queremos que la Arquitectura Técnica ocupe el lugar que merece –un lugar de liderazgo, de reconocimiento social y técnico, de autoridad profesional– debemos demostrar que nuestro saber no solo construye edificios, sino que construye futuro.
Junto a todo esto, debemos ser conscientes de que el futuro de la edificación se está escribiendo ahora, en este preciso momento, con cada avance tecnológico, cada exigencia normativa y cada desafío social que emerge. La transición energética, la industrialización, la digitalización integral de los procesos y la búsqueda de nuevos modelos de habitabilidad requieren una profesión capaz de anticiparse, de comprender la complejidad del entorno construido y de ofrecer soluciones fundamentadas en conocimiento y experiencia. La Arquitectura Técnica no puede permanecer al margen de estas transformaciones: debe liderarlas, integrarlas y convertirlas en oportunidades para reforzar su papel esencial dentro del sector.
Ese es el verdadero horizonte de nuestra profesión: avanzar juntos, compartir lo aprendido, elevar el listón de la calidad y consolidar una cultura donde el conocimiento compartido sea tan imprescindible como la propia obra. Porque solo así podremos entregar a la sociedad un patrimonio construido seguro, sostenible, duradero y digno, pero también una profesión fuerte, respetada, moderna y plenamente consciente de su valor. Ese es el reto de hoy. Ese será, sin duda, el legado de mañana.
