Incertidumbre y transformación: claves en una nueva edición del Foro Ai de Economistas

Por octavo año consecutivo, Andalucía Inmobiliaria ha celebrado su tradicional Almuerzo-Coloquio de Economistas. En esta ocasión, el encuentro ha tenido lugar en el Restaurante sevillano El Viejo Tito, donde los prestigiosos economistas Fernando Faces, Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao y profesor del Instituto Internacional San Telmo; Francisco Ferraro, presidente del Observatorio Económico de Andalucía, Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Sevilla y Catedrático de Economía Aplicada de la Hispalense; y José María O’Kean, Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Sevilla y Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pablo de Olavide (UPO), han protagonizado un intenso debate cuyas ideas se trasladan ampliamente en las próximas páginas. El consejero delegado de la publicación, Eduardo Martín, y el también economista y miembro del Consejo Asesor de la misma Jorge Segura, han moderado un coloquio en el que han estado asimismo presentes Rosa Hafner, directora-editora de Ai, y la coordinadora de Redacción, Sonia Mora.

Al igual que el pasado año, 2021 ha estado marcado por la pandemia y la consecuente crisis económica provocada por el Covid-19. La economía mundial, que se despierta de un profundo letargo, concluirá 2021 con un fuerte crecimiento, que se mantendrá para 2022 según las previsiones de distintos organismos oficiales. La OCDE augura un incremento del PIB mundial del 5,7% para 2021 (un 6% Estados Unidos y un 5,3% la zona euro), y del 4,5% para 2022. Para España, las proyecciones son del +6,8% para este año, y una subida del 6,6% para 2022. Una economía que se reactiva, marcada no obstante por el fuerte incremento de los precios de las materias primas, que se están sumando a las tensiones en las cadenas de suministro y a los considerables aumentos en los costes de transporte.

Un periodo de transformación e incertidumbre

Si el año pasado se apuntaba en esta mesa hacia la recuperación como un hecho previsible, aunque con incertidumbre, este año coinciden los contertulios en que continuará, pero con un grado mucho más elevado de incertidumbre.

“Este año, en términos generales, hay más incertidumbre que el anterior, de manera que las previsiones son más difíciles. Y hay más incertidumbre porque nos hemos dado cuenta de que, en contra de lo que pensábamos, esta crisis no es parecida a las demás, porque nunca habíamos tenido una pandemia que paralizara la economía mundial”, con esta reflexión iniciaba Fernando Faces su análisis de la situación actual, en el que insistía en el nuevo camino que la crisis sanitaria estaba obligando al mundo a asumir.

“Cuando una empresa cierra unos días sus puertas, al abrirlas de nuevo, en un par de semanas está funcionando. Pero cuando se cierra el mundo, no durante una semana, sino durante meses, la vuelta a la normalidad no es posible; en todo caso regresamos a una distinta y nueva normalidad. Esto quiere decir que hay transformación y que como tal, implica tiempo, y es lo que está sucediendo, nos estamos confundiendo en los pronósticos porque pensábamos que íbamos a volver hacia atrás y a recuperar lo que habíamos perdido, y no es así. La realidad es que empezamos un camino nuevo, con sus incertidumbres y sus costes de transición”, asevera. “No cabe duda del proceso de transformación tan importante ante el que nos encontramos, y en este punto nos damos cuenta de que nos hemos equivocado en algunas cosas”, añade.

Ante tanta incertidumbre, acertar en ese nuevo camino no es tarea fácil. Incluso los bancos centrales afrontan serias dificultades para realizar pronósticos, dado que ante las alternativas posibles, ninguna se alza con claridad sobre las demás. “Si los bancos centrales suben antes de tiempo los tipos de interés, pueden abortar la recuperación, provocando una crisis de deuda y una recesión; si los mantienen bajos demasiado tiempo, el fantasma de la estanflación puede volver a aparecer, con lo cual no se sabe cuál de las dos propuestas es la más conveniente. La realidad es que los bancos centrales han llegado a su límite y estamos en un momento difícil para hacer predicciones; ellos, que eran los garantes de la transición, de la salida de la crisis, de la estrategia, no tienen claro lo que tienen que hacer; están ante un dilema, porque tomen las decisiones que tomen, los costes van a ser altísimos”.

Esta tesitura coincide en los últimos meses con una moderación de la velocidad de recuperación de la economía, que venía de un crecimiento muy fuerte. Es como un coche que arrancas con gran aceleración, los neumáticos se calientan (inflación), vas cogiendo el ritmo y cuando alcanzas la velocidad adecuada, empiezas a moderar”, ilustra Faces.

El problema es que esta situación, continúa el profesor, “ha coincidido con los cuellos de botella de las cadenas de suministro. Ha habido una interrupción o disrupción de las cadenas de suministro a nivel global, como primer efecto de la pandemia, que se ha prolongado en el tiempo. De esta manera, han coincidido una irrupción brusca y potente de la demanda embalsada durante la crisis, fundamentalmente del consumo de las familias, con una oferta que difícilmente puede atenderla porque además de haberse interrumpido los suministros, parte del tejido productivo ha desaparecido, de modo que tenemos menos suministros y menos empresas. Nos encontramos pues ante un choque entre oferta y demanda, frente al que los bancos centrales se encuentran atrapados y sin salida”.

“Su respuesta -prosigue-, es que es una situación transitoria y que entre finales de este año y mediados de 2022 este escenario va a remitir. La tasa de inflación va a estar en torno al 2,2%, y ahí es donde llega el primer problema serio, porque funcionamos bajo la hipótesis de que volvemos al punto de partida, solo hablamos de recuperación, pero nos olvidamos de que estamos ante una gran transformación”. Incide en la tesis de que se está produciendo una transformación profunda, una serie de cambios estructurales que se van a prolongar los próximos años, y uno de ellos es la transición energética. “Si esta se hace a la velocidad inadecuada, se va a generar un problema tremendo de obsolescencia de equipos, de plantas, de maquinaria, y todo eso son costes de transición que va a haber que asumir en muy poco tiempo. La transformación energética es una de las que va a tener unos costes de transición más altos, como ya estamos padeciendo con el espectacular disparo del precio de la electricidad”.

Puntualiza el profesor de San Telmo que, siendo una de las transformaciones más importantes que vamos a experimentar, también es la que va a enfrentarse a mayores obstáculos. “Estamos viendo cómo los derechos de emisión de CO2 han pasado de 20 a 60 euros en pocos meses, y el gas también se está disparando. Tenemos que tomar conciencia de que toda transformación, el hecho de pasar de un sistema a otro, tiene unos costes de transición. Aunque aciertes a la primera y lo hagas en el mínimo tiempo, va a tener unos costes. En el caso energético, esa transición se ha acelerado, lo que no nos han contado a los ciudadanos es cuánto nos va a costar”.

Se pregunta Fernando Faces si los problemas que se están sucediendo con el disparo del precio de las materias primas, los stocks en mínimos, la utilización de las reservas y el incremento de los precios del transporte, fundamentalmente el marítimo, van a durar poco o si se van a prolongar mucho en el tiempo, toda vez que hay expertos que hablan de 18 meses en adelante. En cualquier caso, “el gran tema de fondo es que no hay una simple recuperación como tal, no volvemos al punto de partida, nos enfrentamos a una gran transformación. Si se acomete bien, fantástico, aunque tenga muchos costes transitorios, pero si se hace mal, puede representar un desastre”, advierte.

Coincide asimismo José María O’Kean en su análisis en el profundo cambio experimentado a nivel global como consecuencia del Covid-19. “Desde que entramos en la primera ola de la pandemia, las cosas han ido cambiando. Ahora mismo no vamos hacia una sociedad post-Covid, sino post-vacuna, porque el Covid se queda entre nosotros, y aún no está claro si cambiaremos nuestros comportamientos o no. La oleada de contagios actual nos indica que la pandemia no está superada, y si en esta nueva realidad que vivimos los fallecimientos siguen, los contagios continúan y las noticias nos siguen martilleando, cambiaremos nuestros comportamientos”. “Mi opinión –prosigue- es que en el mundo europeo, incluida España, los gobernantes nos van a seguir informando de contagios, de hospitalizados, etc., los estados van a intervenir más, y el comportamiento de los agentes económicos se va a modificar; por ejemplo, creo que no vamos a viajar con la alegría de antes. En Norteamérica, por el contrario, la gente acude en masa a los acontecimientos públicos, sin mascarilla, ni restricciones y el gobierno lo permite y así será más fácil recuperar el comportamiento previo a la crisis sanitaria”.

Fernando Faces estima no obstante difícil que se produzcan cambios profundos en los hábitos y en la forma de vida de los españoles, porque sus costumbres de salir, disfrutar, etc., están muy arraigadas.

También se pronunció al respecto Francisco Ferraro, para quien un indicador de si se van a producir o no cambios de estilos de comportamiento en España es el número de turistas nacionales en el país, que este año ha superado el de 2019. “En buena parte, ha sido el turismo nacional el que ha sostenido la economía. A los españoles nos gusta salir y disfrutar, la interacción social, y ya sea porque no estamos viajando fuera o por el abaratamiento de determinados servicios turísticos, la realidad es que el turismo nacional está arrojando unas magníficas cifras, cualesquiera que sean las motivaciones”.

Recuperación de la economía

En opinión del profesor Ferraro, la recuperación “es real. China alcanzó los niveles anteriores a la pandemia en el primer trimestre de este año, Estados Unidos en el segundo, la Unión Europea previsiblemente lo va a lograr en el primer trimestre de 2022, y cuando pensábamos que España y Andalucía tendrían que esperar a 2023, hay un consenso que apunta que en 2022 recuperaremos previsiblemente el nivel de PIB de 2019”.

No obstante lo anterior, también es cierto que dicha recuperación, que ha sido intensa en primavera y en el mes de junio, “parece debilitarse en julio y agosto –reflexiona-, y los indicadores adelantados lo ponen de manifiesto para China y también en EEUU, donde después de alcanzar máximos en los niveles de recuperación, determinados indicios hablan de un cierto agotamiento, de una ralentización de la recuperación desde junio, como es el caso de los indicadores adelantados de gestores de compras de grandes empresas, que seguían en positivo, aunque con datos no tan relevantes como los meses anteriores, u otros indicios como las dificultades en la creación de empleo en los últimos meses o un nivel de inflación del 5,4% este verano”.

En el caso de Europa, “la ralentización de la recuperación ha sido menor –continúa el presidente del Observatorio Económico de Andalucía (OEA)-, si bien los indicadores adelantados se han moderado en cierta medida; y más leve aún ha sido en el de España, aunque también se han moderado los índices de confianza; valores como el indicador de la OCDE, la creación de empleo a través de los datos mensuales de afiliación, etc., se desaceleran desde julio. En el caso de Andalucía también, pero con un cierto retraso y con sentido positivo, porque la pérdida de intensidad de la recuperación en nuestra comunidad es mucho menor, toda vez que los ritmos de crecimiento siguen siendo relativamente altos”.

Donde se generan las mayores dudas es en torno a qué sector ha tomado el relevo en esta reactivación. “El turismo no ha regresado aún al nivel de 2019. ¿Lo ha hecho la construcción, la industria, la tecnología y los servicios, el comercio? Aún no está claro. En la crisis de 2008 la construcción cayó a la mitad, y en la actual ha pasado algo similar con el turismo. ¿Es la tecnología la que ha cogido el relevo? Quizás se está produciendo una transformación más profunda de lo que pensamos de la economía española y no nos estamos dando cuenta”, apuntaba al respecto José María O’Kean.

Con esta radiografía, las predicciones para el año que viene son muy complicadas, y son muchas las preguntas de difícil respuesta que se plantea Fernando Faces: ¿Van a acertar los bancos centrales y los gobiernos en sus decisiones? ¿En España los Next Generation EU se van a utilizar para acometer la necesaria transformación que el país necesita y aumentar su potencial de crecimiento, ante los problemas de productividad que existen? ¿La política y los políticos están preparados para lo que está por venir? “Incluso haciéndolo bien, los costes de transición van a ser inevitables, y la estanflación es un riesgo real”, asegura.

Constata también Faces la recuperación generalizada para 2021 y 2022, y augura que será en 2023 cuando comiencen los problemas. Si crecemos por debajo del 2%, con una tasa de inflación del 4%, en 2023 estaríamos con un crecimiento real negativo del 2%. Para 2021 no se prevén problemas, en el sentido de que la tasa de inflación sea superior a la tasa de crecimiento real, y vamos a seguir creciendo, y para el año que viene tampoco, aunque el crecimiento será menor que en el 21. De esta manera, el Banco Central Europeo ha pronosticado un crecimiento del 5,4% para este año, y del 4,6% para 2022. Para España se apunta entre el 6% y el 6,2%, y para Andalucía el 6,2%. El problema lo tendremos a partir del 23, porque hasta esa fecha nuestra economía está ‘anestesiada’ por las ayudas públicas, incluidos miles de trabajadores aún en ERTE”.

A nivel mundial, coincide en que el crecimiento se va a desacelerar en los próximos meses, aunque va a seguir siendo muy importante. “La salida de esta crisis –argumenta el profesor de San Telmo- está siendo claramente en V, más que en otras anteriores, porque está siendo sorprendentemente rápida. Pero hay dos temas de los que quizás no somos del todo conscientes, que van a lastrar el crecimiento a partir del 23: la productividad, que sigue cayendo; y en segundo lugar el nivel de deuda global, que está en el 355% del PIB, tras haber aumentado más del doble que en lo peor de la anterior crisis. Esa crisis de deuda va a ser un lastre para el crecimiento. De modo que una productividad decreciente, junto a una deuda que no sabemos cómo vamos a pagar, y un Banco Central que no tiene claro lo que debe hacer, me impiden ser optimista para 2023 o 2024”.

José María O’Kean, por su parte, explica de manera ilustrativa cómo aprecia el comportamiento de la economía en la actual crisis. “Haciendo un símil con el mar, podemos decir que estamos en la zona de arriba de la ola, y que así vamos a continuar en 2021 y 2022, porque hemos suspendido todos los criterios de estabilización fiscal en el mundo europeo -Estados Unidos no los tiene-, estamos gastando dinero en cantidades ingentes y los bancos centrales siguen creando dinero sin descanso, pero después, el mar tendrá que coger otra vez su curso. Parece que China lo está haciendo ya, y por eso sus tasas de crecimiento no son ya tan altas como antes”.

“Entramos en crisis con las restricciones y ahora estamos creciendo muy rápidamente -prosigue- y de pronto el mar se nos ha venido encima, la demanda empieza a tirar, y nos encontramos con que muchas empresas habían cerrado, otras no pueden surtir a sus clientes de todas las materias primas que solicitan, los precios empiezan a subir, y en ese escenario tenemos que gestionar la recuperación. Cuestión distinta es la subida de los precios de la electricidad, que puede generar una espiral inflacionista”.

La deuda de los estados

El anteriormente descrito será el escenario que se alcanzará en 2023-2024, vaticina O’Kean, y aclara: “Es verdad que llegamos muy endeudados, pero hay una diferencia fundamental entre esta crisis y la anterior. En aquella, quienes estaba endeudadas eran las empresas y las familias, pero sobre todo las empresas; en esta, los que están realmente endeudados son los estados”.

En esta ocasión, la deuda que más ha aumentado ha sido la del Estado, porque la estrategia para afrontar la crisis ha incidido en una política fiscal de mucho gasto público, junto con una política monetaria que se ha centrado en la compra de deuda. “Ahora mismo tenemos una mezcla de política fiscal y monetaria expansiva. El Banco Central está comprando toda la deuda, no la que se emite en el mercado primario, pero sí en el secundario, y está funcionando; todos lo saben y por eso no están subiendo la prima de riesgo país ni los tipos de interés en los países de nuestro entorno”, analiza el profesor de la Pablo de Olavide, quien aclara que no aprecia un gran problema de deuda a corto plazo, porque el Banco Central la va a seguir comprando y va a mantener una estabilidad financiera.

“Antes -señala-, el Banco Central era un elemento externo a nuestro modelo, pero ahora es un elemento interno, que va reaccionando con sus políticas según los acontecimientos. Cuando contrastamos datos, no sabemos cuáles son de la propia economía o cuáles se deben a que el Banco Central está interviniendo. Y los estados están pidiendo que la política fiscal sea igualmente cíclica, que vaya interviniendo o no según los datos de crecimiento. Por eso, el último acuerdo al que se quiere llegar en la Unión Europea para el nuevo pacto de estabilidad es que se pueda gastar lo que sea necesario, sin tener que cumplir con dicha estabilidad. Pero ya para 2023 las cosas serán distintas y vamos a tener déficits muy altos”.

Añade que, pese a que de momento existe una cierta calma, tanto la Reserva Federal como el Banco Central están reduciendo la cantidad de deuda que compran anualmente, un hecho importante porque proyecta que quieren modificar las expectativas; están haciendo una política de señales.

“Los países llamados halcones han aceptado la deuda mutualizada, y pronto aceptarán que se condone la deuda a los países en un 30% o que posibiliten una deuda perpetua, que la compre el Banco Central y que jamás se tengan que devolver”, explica José María O’Kean, quien aclara que “los halcones lo permiten, a cambio de poder decirles a Grecia, Italia o España lo que tienen que hacer para 2023, del mismo modo que ahora, con los fondos Next Generation, le están indicando a España que tiene que cambiar la política laboral o que habrá de reformar las pensiones, entre otras exigencias”.

Necesidad de reformas estructurales en España

“Tenemos por delante un año en el que habrá que tomar decisiones importantes, que van a condicionar el futuro, en muchos aspectos estructurales. Hasta ahora se han acordado cuestiones menores, pero lo importante es lo que queda por aprobar, cuestiones como la reforma laboral o la ley de vivienda, la reforma fiscal, que habremos de abordar en los próximos meses, o la reforma de la financiación autonómica, que necesariamente tendrá que hacerse en algún momento. Al final nos salva el hecho de que estemos en Europa, porque su sensatez nos obliga a adoptar compromisos concretos y nos impone restricciones; en definitiva, nos proporciona estabilidad”, sostiene Francisco Ferraro.

Afirma que debemos ir hacia un mundo en el que paliemos uno de los grandes déficits que tiene España: “la ausencia de responsabilidad individual”.

José María O’Kean, por su parte, tiene claro que España, después de las dos crisis acaecidas y de la necesidad de reformas existente, se encamina hacia una economía con más intervención, más regulación y más Estado, además de un mayor control de la globalización. La segunda cuestión que será decisiva a su juicio en el futuro de la economía española es que el Gobierno ha incrementado el gasto público en 60.000 millones, lo cual implica pasar del 42% del PIB al 48 o 49%, sin expectativas de que vaya a bajar. “Hacen falta 60.000 millones más para financiar ese gasto público, y eso significa más impuestos. Se recaudarán incrementando los impuestos indirectos para que no sea tan drástico el ajuste que nos exigirán, pero no tendremos más remedio que hacerlo. El problema es que el Gobierno actual quiere acercarnos, en el peso del Estado en la economía, a un país como Dinamarca o Francia, y no somos como esos países porque nuestro tejido productivo no produce lo mismo que ellos. Depende, en primer lugar, de la población que incorpores al sistema productivo y de la formación que tenga, y ahí en España tenemos un déficit importante. En segundo lugar, que la inversión que se realiza todos los años en bienes físicos como ordenadores, equipos, plantas industriales e infraestructuras, sea cada vez más tecnológica; y en tercer término, del propio cambio tecnológico en sí mismo”.

Para el profesor de la UPO, “el mundo se dirige –el caso de España puede ser excepcional- hacia un futuro con más formación y más capital humano, que invierte en equipos cada vez con más tecnología, y un cambio tecnológico cada vez más fuerte. Quienes no generen esa productividad, van a quedar fuera del mercado, porque comparando precios, van a quedar marginados”.

Coincide Francisco Ferraro en que España no puede aspirar a ser como Dinamarca porque carece de “sectores tan internacionalizados, ciudades tan cosmopolitas y tan altas capacidades tecnológicas y de innovación. Vamos a seguir nuestro camino como un país de servicios, muy vinculado al turismo”. Un turismo que, asegura, sigue teniendo enormes posibilidades en nuestro país. “Contamos con un knowhow inmenso, es un negocio en el que somos los mejores del mundo, aunque por el miedo y la pandemia hayamos pasado por dificultades. El año que viene no recuperaremos aún el nivel de 2019, pero probablemente en 2023 o 2024 sí, y a continuación seguiremos creciendo, con todo lo que eso significa”. Lamenta no obstante que, aun representando una fuente ingresos, de actividad y de empleo enorme, que va a tirar de la construcción y de algunos servicios, va a seguir dejando rentas pequeñas: “Bajo mi punto de vista, eso es a la vez una salida y una restricción de futuro, porque el turismo, aunque crea empleo, sus retribuciones no son elevadas, tira menos de sectores tecnológicamente cualificados, y genera desincentivos a otras actividades en la medida en que provee empleos básicos. Es por ello por lo que las regiones de mayor peso turístico experimentan un crecimiento del PIB per cápita inferior a la media nacional”.

Fondos Next Generation y estructura productiva

Otro de los temas que suscitó debate en torno a la mesa organizada por Ai fueron los fondos Next Generation EU. Para Francisco Ferraro, están levantando unas expectativas excesivas, “sobre todo porque no hay capacidad administrativa para gestionarlos”.
Lamenta que España no sea capaz de definir proyectos que tengan capacidad para transformar nuestro tejido productivo: “Por lo que sabemos hasta ahora de determinados proyectos presentados, no son iniciativas que vayan a transformar el país necesariamente; que generen capacidad de innovación o que impliquen transformaciones tecnológicas, que enganchen a la universidad y generen conocimiento y efecto tractor”.

En su mayoría, “son proyectos que permitirán a algunas empresas aumentar su capacidad productiva –continúa-, y en otros casos van a ser proyectos más coherentes con los objetivos de la Comisión Europea, como la dotación de infraestructuras tecnológicas necesarias desde el punto de vista ambiental, pero que no van a cambiar nuestra estructura productiva. Por ejemplo, es positivo que se instalen electrolineras en Andalucía, pero si no hay empresas andaluzas que las estén fabricando, en nuestra comunidad realmente no se transforma nada. Cualquier proyecto empresarial es respetable, pero no nos engañemos con la ilusión de que vayan a ser transformadores”.

Reflexiona José María O’Kean, al hilo de la estructura productiva del país, sobre lo que él denomina la decadencia de España: “creo que España es un país decadente, con un modelo productivo basado en la agroindustria, la construcción y el turismo. La crisis de 2008 acabó con la construcción como sector preponderante; la segunda ha dejado el turismo muy limitado, y nos hemos convertido en un país decadente”. Analiza que España siempre ha buscado sus niveles de crecimiento en las aperturas, como en una partida de ajedrez: “Mientras hacemos las aperturas, lo hacemos bien; es decir, mientras queremos entrar en Europa, en la OTAN o en el Euro, lo hacemos bien, pero cuando empezamos a enrocarnos, a defendernos, dejamos de hacerlo bien, y eso es lo que hemos hecho desde la creación del euro hasta aquí. ¿Ahora los fondos Next Generation nos plantean una nueva apertura? Ojalá. Bajo mi punto de vista, el planteamiento del Gobierno no está mal como principio, pero tengo mis dudas sobre la capacidad para ejecutarlo”.

Sopesa que dichos fondos puedan ser el punto nuevo de unión, toda vez que los proyectos de estrategia de España siempre han venido desde fuera, impuestos por Europa: “España, llevada al límite del precipicio, reacciona, y me parece que es lo que está sucediendo ahora sin que lo veamos, porque el sector de la construcción ha caído, el sector turístico está muy limitado y, sin embargo, seguimos creciendo. Siempre buscamos nuevas líneas de salida, y eso es lo que me hace ser optimista respecto de este país. Desde otro punto de vista lo veo como un país decadente, con una clase política joven que no ha sabido tener la madurez suficiente para abordar los grandes retos de futuro, y una clase política más madura que podía tener sus ideales, pero que está desaparecida, y ahí no tenemos relevo. Europa es siempre la que nos marca un poco la pauta, y ojalá la podamos seguir”.

Fernando Faces, por su parte, lamenta que, probablemente, esos fondos no tengan la capacidad transformadora que se persigue. “Si el Gobierno no ha sido capaz de gestionar los primeros 10.000 millones de ayudas para la capitalización de las empresas y solo ha concretado 1.000, por falta de capacidad administrativa, qué va a pasar con los 140.000 millones de los fondos europeos del Next Generation, cómo los van a manejar para que realmente tengan una capacidad transformadora. Como no hay capacidad para hacerlo, les piden a las empresas que les faciliten los proyectos que tengan, que en su mayoría son de hace dos o tres años; proyectos rentables para esas empresas, pero que no cambian el sistema productivo. Pienso que esto es lo que va a suceder, en el mejor de los casos”.

“Por otra parte -prosigue-, el programa Next Generation va con retraso, el impacto en 2021 va a ser escaso y se va a trasladar a 2022. En cuanto al impacto sobre la economía española sorprende el optimismo del Gobierno que lo estima en un 2,6% del PIB, el Banco de España por el contrario lo reduce a la mitad. Aunque lo más preocupante es la ejecución de las reformas estructurales que exige Europa para la recepción de los fondos, me preocupa que el Gobierno de coalición esté retrasando estas reformas y planeándolas en un sentido contrario al que nos exige Bruselas, me refiero a la reforma laboral y a la de pensiones. El Next Generation es una oportunidad histórica para transformar y modernizar España, que un Gobierno responsable no puede dejar pasar”.

Añade José María O’Kean que la aspiración es que los fondos Next Generation representen un proyecto tractor, que lancen una idea de futuro y que se defina cuánto se apuesta por infraestructuras, transformación digital o educación tecnológica: “De lo que hagamos dependerá la decadencia de España, ahí entrará en juego lo que somos como país a nivel de instituciones y de personas. Tenemos que filtrar esos fondos y definir qué proyectos se pueden incorporar. Ni apoyar el 5G en Andalucía ni ayudar a las empresas para que desarrollen una página web es llevar a cabo una transformación digital, por citar algún ejemplo”.

Puntualiza Francisco Ferraro que “el Estado lo que tiene que establecer es un marco en el que esas ideas, esos proyectos coherentes, que son privados, sean más fáciles de materializarse”.

Para el presidente del OEA, un asunto fundamental al hilo de lo anterior son las políticas industriales activas. “La realidad es que hay posibilidad de establecer dichas políticas, fijando un marco en el cual se facilite que surjan proyectos empresariales privados y que tengan facilidad para encauzarse, pero esas políticas industriales activas, como los propios proyectos empresariales, tienen un nivel de riesgo y de fracaso al discriminar en su selección”.

La situación en Andalucía

Por lo que respecta a Andalucía, desde el OEA, al igual que desde el INE, se ha constatado que la contracción experimentada en 2020 fue algo más intensa que la media española, y que la recuperación está siendo asimismo más intensa que la media nacional. “Nos penalizaron mucho las actividades vinculadas con el turismo y con otros servicios que tienen que ver con las relaciones personales y sociales, que es en lo que somos especialistas. A partir del pasado mayo la situación cambió, y tuvimos una explosión del consumo notable, más intenso a mitad de junio, cuando creció de manera espectacular. A ese incremento ha contribuido el turismo, que sin haber alcanzado el nivel de 2019, ha sido muy dinámico en Andalucía, acumulando el mayor crecimiento del turismo nacional de toda España, e incluso del internacional, aunque en menor medida”, analiza Ferraro.

Desde el segundo trimestre del presente año la dinámica ha sido muy positiva, con un crecimiento del 20% en relación con el mismo periodo del año anterior: “Podemos hablar de una recuperación extraordinariamente potente. La afiliación a la Seguridad Social del mes de julio también ha arrojado muy buenas cifras, por encima del mismo mes de 2019, si bien en agosto se ha contraído levemente. Hay pues indicadores que nos hablan de una cierta desaceleración del crecimiento, menos intenso a partir de julio que en los meses de abril, mayo y junio, pero robusto en cualquier caso”.

Para el cuarto trimestre se espera que continúe esa dinámica de una cierta desaceleración, con el consumo privado creciendo, pero a tasas más moderadas, y es previsible que en términos interanuales haya un crecimiento importante del turismo. Por el lado de la demanda, no se prevé desde el Observatorio que vaya a crecer la inversión productiva, en tanto que la inmobiliaria es más difícil de calibrar tras la explosión experimentada en los meses de primavera.

Al hilo de la situación del inmobiliario, pronostica Fernando Faces que el incremento de los precios y de las transacciones de los últimos meses “se va prolongar, como mínimo, durante lo que queda de 2021 y en 2022. El inmobiliario tras el Covid-19 es un sector en profunda transformación, tanto en el tipo de producto, como en su localización y en los procesos de producción. Tras décadas de evolución sin transformación, el sector inmobiliario se enfrenta a una gran revolución e industrialización de sus procesos y a un cambio profundo en el tipo de vivienda demandada como espacio vital de convivencia y de trabajo, y con mayores exigencias medioambientales y de ahorro energético”.

Por su parte, José María O’Kean manifestó asimismo su opinión al respecto del actual mercado inmobiliario. “Hemos entrado en una dinámica en la que la gente joven no tiene preferencias entre comprar o alquilar, pero al final se irá imponiendo el razonamiento de comprar en lugar de alquilar, porque cuando alguien paga la cuota de una hipoteca está ahorrando, mientras que si paga un alquiler, está gastando. Antes de la pandemia, los milenials preferían vivir de alquiler, en el centro de las ciudades. Creo que esta crisis los ha hecho cambiar y ahora buscan más el espacio rural, viviendas fuera de los centros de las ciudades que se pueden permitir pagar, teniendo en cuenta además que el teletrabajo va a facilitar esta nueva forma de vida”.

Y concluyó con una reflexión sobre el largo recorrido que aún tienen por delante los sectores promotor y constructor en el ámbito de la innovación y en el desarrollo de productos alternativos al tradicional. “Son sectores que habitualmente no corren riesgos estratégicos, porque no apuestan por hacer algo diferente. Frente a otros países donde se está innovando mucho en esta actividad, no es frecuente que en España se construyan inmuebles de alta tecnología, viviendas para personas de la tercera edad con determinadas necesidades o para familias con una determinada composición. En ese terreno estamos aún al comienzo del camino”.

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