¿Qué pasa en Málaga? O la reinvención de una ciudad

Salvador Moreno Peralta

Arquitecto


Cuando en cualquier conversación sobre los “rankings” de actividad económica de nuestro país aparece el nombre de Málaga siempre viene aparejada con dos expresiones que la simplifican con la contundencia de los tópicos: “que se trata de la ciudad de moda” y que, si se descuida, “puede morir de éxito”. En lo que estas dos trivialidades pudieran tener de cierto –que como todos los tópicos, lo tienen– merece la pena intentar recordar los hitos que jalonan el proceso por el que esta ciudad ha llegado hasta aquí, en un tiempo muy inferior al que cualquier otra precisa para experimentar una transformación tan profunda.

Málaga, en los años setenta del pasado siglo, era una ciudad dormitorio de la Costa del Sol, cuya capital era el barrio de Torremolinos. Su actividad urbana se reducía a cubrir su término municipal con un puzzle de barrios infraurbanizados para alojar de una manera rápida y barata a la mano de obra demandada por el “boom” turístico inmobiliario de la costa. La inversión pública era mínima, limitada al aeropuerto internacional, un ensanche de la CN-340… y poco más.

El primer hito fue la aprobación del Plan General de Ordenación Urbana del año 1983 –el primer Plan General del urbanismo democrático– que, literalmente, reconstruyó una ciudad desde sus despojos, consensuada con todos los agentes implicados en su ejecución, desde los sectores sociales y vecinales a los promotores inmobiliarios y urbanizadores. Se echaba así andar una ciudad bajo los mejores auspicios pero sin un motor productivo definido, toda vez que su ya endeble función turística quedó hecha añicos, tras la decisión de la Junta de Andalucía de segregarle Torremolinos como municipio independiente.

El segundo hito fueron las riadas del año 1989 con el desbordamiento del río Guadalmedina, que supuso la declaración de Málaga como zona catastrófica, teniendo acceso con ello a unas ayudas públicas con las que se aceleraron muchas de las infraestructuras básicas del Plan. Los malagueños pudieron ver relativamente pronto que una ciudad nueva ordenada, urbanizada y equipada iba surgiendo en unos plazos inusualmente breves para lo que son los tiempos de ejecución del planeamiento urbano.

El tercer hito fue la implantación, en 1992, del Parque Tecnológico de Andalucía cercano a la Universidad, actuando ambos de agentes dinamizadores del crecimiento de Málaga, geográfica y productivamente. Más aún que la propia funcionalidad de esta decisión, la mayor importancia de este hecho radicaba en haber introducido en Málaga una institución significante de una modernidad hasta ese momento inalcanzable, que al cabo de los años ha resultado ser el motor y el símbolo de lo que hoy se ofrece como un plausible modelo de ciudad media en el escenario de la globalización.

El cuarto hito –y trascendental– fue la ejecución de las grandes infraestructuras de transporte y movilidad: la autovía de las Pedrizas, la tercera ampliación del Aeropuerto Internacional y la llegada de la Alta Velocidad ferroviaria. De repente, una ciudad cuya condición periférica, física y socialmente, la predisponía con frecuencia hacia el agravio comparativo con Sevilla, se ve a sí misma como un “hub” central ante un prometedor horizonte de oportunidades. Ciertamente su crédito urbano se venía labrando desde hacía tiempo; pero sabido es que la globalización ha eliminado los límites del Estado-Nación como ámbito del ejercicio de la autonomía política y económica para entregar esas funciones a las llamadas “ciudades globales”. Es la era de las ciudades globales. Pero este concepto, hasta ahora restringido a las ciudades con demografías desorbitadas y con la mayor concentración de poder político o económico, puede extenderse también a ciudades medias caracterizadas simplemente por su forma de vivir ”en global”, con territorios potentes y economías diversificadas, compitiendo entre ellas como si fueran empresas. Pero en ese mercado competitivo entre ciudades, como en cualquier otro, el éxito sólo se consigue con la definición nítida y atractiva de su producto, su “nicho de mercado”. Málaga necesitaba, pues, de la visibilidad de su “branding” y la ciudad apostó resueltamente por la potenciación mutua de los tres sectores principales de la economía mundial: Turismo, Nuevas Tecnologías y Cultura. Unas atinadas intervenciones en el centro histórico y su puerto “descubren” un patrimonio urbano y artístico de un valor impensado; y como una iniciativa personal del alcalde, varios edificios emblemáticos del centro y la periferia, así como otros de nueva creación en lugares tan estratégicos como los muelles del puerto, alojan hoy diversos museos con contenidos de muy alto nivel ofreciéndose así como “Ciudad de la Cultura,” sacándole punta siempre al icono “Picasso”. Y cerrando el triángulo, el sector tecnológico, que en principio centrado en el Parque Tecnológico de Andalucía (hoy Andalucía Tech Park) ha desbordado las expectativas y los límites físicos de la Tecnópolis para penetrar de una manera incontenible en el tejido social y productivo de la ciudad, hasta el punto de crear un ecosistema tecnológico de vanguardia.

Este ecosistema se hace patente en las entrañas de la ciudad de una manera intensa pero discreta, con la solidez de lo generado en los ámbitos de la ciencia y la investigación: la creación del Instituto Ricardo Valle entre Ayuntamiento, Junta de Andalucía, Universidad y las empresas más punteras de la ciudad como un Centro de Innovación Tecnológica (con decenas de iniciativas en tecnología punta ya en pleno funcionamiento), la instalación en el Puerto de la Central de Ciberseguridad de Google para Europa, la Instalación en el Andalucía Tech del Centro de I+D de Vodafone, la ebullición creciente de “spin off” y “start ups”, el nomadismo digital acrecentado tras la pandemia, y sobre todo, del IMEC, Centro Interuniversitario de Microelectrónica, instituto de referencia mundial de I+D en semiconductores …. Todo ello explica de una manera solvente y justificada lo que de inicialmente frívolo y pasajero pudiera haber en la expresión “estar de moda”.

En efecto: de repente vemos cómo una ciudad ocultada por la sombra de un pasado turístico rancio y lejano disfruta ahora de un posicionamiento excepcional en la economía global del conocimiento; un lugar –que abarca toda la provincia–en el que se dan las condiciones de lo que Castells y Borja (Local/Global) denominaban “lugares fuertes de la Nueva Economía del Conocimiento”, es decir, aquellos elegidos por los trabajadores de las empresas tecnológicas , y que se caracterizaban por aunar en el mismo lugar las funciones básicas que se le demandan a una gran ciudad en el mundo desarrollado, esto es, la residencia, el ocio, el trabajo, el deporte, la producción, manual o intelectual, las buenas comunicaciones, el acceso a la cultura, a la naturaleza, las posibilidades de formación permanente, la Universidad, la actividad congresual, la investigación, una completa asistencia sanitaria, un sistema jurídica y democráticamente garantista con separación de poderes, la tranquilidad de pertenecer a la órbita política y económica del euro… y todo con un clima excepcional que permitiera la utilización activa, saludable y creativa del espacio púbico la mayor parte de año, por no hablar de la afabilidad de sus habitantes y la impronta que en sus comportamientos dejara una cultura ancestral. (No deja de ser interesante verificar cuantos lugares del orbe cumplen con la totalidad de estos atributos).

De esta forma resulta que mejorar las condiciones de vida urbana no es aquí SÓLO el inexcusable compromiso político que toda administración tiene con respecto a sus ciudades y ciudadanos, territorios y ámbitos de su competencia, sino algo más especial: es una inversión de capital para consolidar lo que aquí podríamos calificar como una auténtica INDUSTRIA: la industria del VIVIR, considerado como un recurso económico en sí mismo, en el que la excelencia urbana no fuera sólo un motivo de atracción turística –que parece que era lo único que lo justificaba– sino como una condición para crear un ecosistema tecnológico: no deja de ser fascinante que la excelencia (y la competitividad ) tecnológica exija la excelencia (y competitividad) urbana, y viceversa.

Pero nada de esto ha estado exento de dificultades.

Obnubilados por la notoriedad sobrevenida y animados por ese eslógan tóxico de “estar de moda” pensábamos que las consecuencias de estas brillantes operaciones urbanas, especialmente las del Centro Histórico (puerto, peatonalizaciones, museos…) tenían un efecto transformador y positivo sin necesidad de ninguna regulación pública. La de Málaga fue una incorporación tardía a ese turismo de masas que ha igualado a todas las ciudades históricas del mundo en la sobreexplotación del recurso “historia”. Pero encandilados por el éxito no nos dimos cuenta de que éste podía escaparse por una de sus costuras; y se ha abierto en canal por lo que puede ser su verdadero talón de Aquiles: la vivienda. El proceso ha sido tan claro como inapenable:

1) El Centro Histórico pasa de ser el escenario de la decrepitud física y demográfica –“el lugar del que había que irse”– al mayor foco de atracción en sí mismo, incluso con independencia de sus revalorizados monumentos, que están ahí, no tanto para ser visitados como para suministrar “certificados” (y significados) de centralidad, de concentración de masa, escenarios de aglomeración, decorados para “selfies” y para esos consumidores de la nada que suelen ser los turistas de cruceros. Como en todos los centros históricos de occidente, aparecen en escena las VFT –“viviendas de finalidad turística”– y los apartamentos y plataformas “peer /to/peer cuyas ventajas (la ausencia de intermediación), sus efectos y defectos ya son de todos conocidos: oferta alojativa enormemente rentable para el propietario, atractiva para el turista y fuertemente competitiva con la oferta hotelera, su íntima enemiga, sometida a unas regulaciones de las que las primera están exentas. Resulta ocioso extendernos en lo ya sabido, pero interesa subrayar sus fulminantes efectos: la fuerte demanda permite subir los precios hasta el punto del desalojo completo de los vecinos originarios que no pueden soportarlos, con un encarecimiento general del lugar que afecta a cualquier actividad preexistente, ya sean comercios, restauración o pequeños talleres. Los Centros Históricos ya han dejado de ser lugares para vivir, convertidos en reclamos, en lugares impostados destinados a suministrar la “identidad corporativa” del producto “ciudad” que la va a utilizar para aplicarla en la explotación de otros recursos.

Pero aparte del consumo turístico que de esta centralidad se haga en exclusiva, (y de lo que social y políticamente escandaloso pueda haber en la fría erradicación de un vecindario) la consecuencia más notoria de estas transformaciones del Centro es el “efecto llamada” que su publicidad provoca, generando unas expectativas urgentes en el resto de la ciudad y desatando una espiral inflacionaria en los costes de la vida cotidiana, que se extiende por toda la ciudad en mancha de aceite. La demanda creciente y el “descubrimiento” de todos esos atributos que mencionábamos como características de “los lugares fuertes de la nueva economía” ha generado la atracción de los únicos agentes capaces de operar ventajosamente sentados en el barril de pólvora de los precios, es decir, los Fondos de Inversión.

2) Los Fondos de Inversión se han convertido en los protagonistas absolutos de esta explosión inversora, con la acumulación de activos en todos los sectores básicos de la economía malagueña, desde el inmobiliario hasta el hotelero, desde el terciario a las infraestructuras básicas. Los Fondos, con su potencia financiera y su presencia en mercados a los que sólo ellos pueden acudir, son también los únicos que pueden soportar unos precios de suelo crecientes en su espiral especulativa; y también los únicos que pueden permitirse el lujo de soportar los plazos escandalosos que la administración pública se toma para la conversión del suelo proyectado en suelo finalista, lo que no está alcance del promotor local, que literalmente ha desaparecido de la escena. La ineficacia burocrática se erige así en cómplice necesario de procesos especulativos de suelo que paso a paso va inflando la enésima burbuja inmobiliaria.

Por otro lado, los Fondos han trastocado las relaciones cliente-arquitecto. Un Fondo es un cliente poderoso e invisible, desvinculado de la realidad local que opera como una tabla EXCEL con una entrada de “costes” y una salida de “resultados”, sin mayores consideraciones sobre las circunstancias del lugar, pues su agente directo a “pié de promoción”, es un esforzado “manager” sin capacidad de interlocución que se juega el pescuezo si la ecuación coste/beneficio no sale como se ha previsto en el remoto lugar en el que el Fondo se radique.

Finalmente esa carencia de suelo finalista en compás de espera, sobre el que cada tiempo sube el termómetro de su coste, ha dado lugar a que los Ayuntamientos disimulen su incapacidad gestora derivando el crecimiento y las necesidades de la demanda hacia algo mucho más fácil: densificar el suelo urbano existente. Con decisiones de tosca simplicidad, se aumenta el número de plantas sobre el parcelario actual, colapsando entornos frágiles concebidos para otras formas de vida, y sin las necesarias adaptaciones de la red viaria, intentando convencernos de que las torres y los rascacielos, –y aunque nuestras ciudades acaben siendo un Dubai de provincias–son soluciones más baratas porque consumen menos suelo.

Y así, sin muchos escrúpulos y sin darnos cuenta, estamos volviendo al engañoso dinamismo de los 70 sin tener el arrojo de ofrecer otras alternativas de descompresión de las metrópolis, aprovechando las fortalezas de unas provincias, las andaluzas, cuyo sistema de pueblos y ciudades es único para ofrecer otras opciones novedosas de radicación, de inversión y productividad.

Pero eso es ya otra historia.

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